Acciones que nos recuerdan que somos unidad

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Comparto este trabajo audiovisual con el cual me encontré hoy en la red. Desde una lectura espiritual, representa aquellas acciones que nos recuerdan que somos unidad.

“Tejer en los Andes, no es sólo tejer. Es sostener un diálogo con el origen…” 

¡No se lo pierdan!

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“Una confusión cotidiana”

Hoy en la Ventana Literaria me detengo a observar “una confusión cotidiana”, ¿qué tal si la observan conmigo?. Disfruten de este cuento escrito por Frans Kafka

2sept2016

“Dudando” – Eernesto Bertani 

Un incidente cotidiano, del que resulta una confusión cotidiana. A tiene que cerrar un negocio con B en H. Se traslada a H para una entrevista preliminar, pone diez minutos en ir y diez en volver, y se jacta en su casa de esa velocidad. Al otro día vuelve a H, esta vez para cerrar el negocio. Como probablemente eso le exigirá muchas horas, A sale muy temprano. Aunque las circunstancias (al menos en opinión de A) son precisamente las de la víspera, tarda diez horas esta vez en llegar a H. Llega al atardecer, rendido. Le comunican que B, inquieto por su demora, ha partido hace poco para el pueblo de A y que deben haberse cruzado en el camino. Le aconsejan que espere. A, sin embargo, impaciente por el negocio, se va inmediatamente y vuelve a su casa.

Esta vez, sin poner mayor atención, hace el viaje en un momento. En su casa le dicen que B llegó muy temprano, inmediatamente después de la salida de A, y que hasta se cruzó con A en el umbral y quiso recordarle el negocio, pero que A le respondió que no tenía tiempo y que debía salir en seguida.

A pesar de esa incomprensible conducta, B entró en la casa a esperar su vuelta. Y ya había preguntado muchas veces si no había regresado aún, pero seguía esperándolo siempre en el cuarto de A. Feliz de hablar con B y de explicarle todo lo sucedido, A corre escaleras arriba. Casi al llegar tropieza, se tuerce un tendón y a punto de perder el sentido, incapaz de gritar, gimiendo en la oscuridad, oye a B -tal vez muy lejos ya, tal vez a su lado- que baja la escalera furioso y que se pierde para siempre.

 

¡Nueva sección!

A partir de hoy Desorbitados abre nueva sección. Ésta estará dedicada a mis dibujos y publicaciones relacionadas con artes plásticas y visuales. Como apertura comparto mi más reciente dibujo que tiene como protagonista a Ofelia, personaje de la película “El laberinto del fauno”.

Les comento, además, que con este dibujo estoy concursando para ganar una beca en una academia de artes y para lograrla necesito obtener likes. Pueden ayudarme con su like en  esta publicación de facebook.

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Autor: César Fabián Bonilla 
Título: Ofelia
Técnica: Grafito sobre Papel Bond

7 películas para reflexionar acerca de la sexualidad

El cine más allá de los prejuicios. 7 películas que no sólo sirven para reflexionar; también para comprender y transformar nuestras formas de ver la sexualidad.

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Publicación por:Fabián Bonilla 

Las propuestas cinematográficas que abordan temas sobre sectores LGBTIQ[1], vienen ganando lugar como narrativas apropiadas para comprender la complejidad que recubre la sexualidad humana. Gracias a éstas no sólo se reivindica el lugar de las personas que conformamos estos sectores; también la sensibilidad del descubrimiento que cada ser humano emprende desde su nacimiento, hacia el misterioso universo de aquello que aún es considerado tabú.

Entre todas esas propuestas encontramos aquellas que desbordan clichés y presentan a lesbianas, gais, transgénero, etc., basándose en estereotipos que han hecho titánico desprender a la lesbiana del despectivo “machorra”; al gay del perfil “vota pluma”; al transgénero de un lugar indefinido que lo convierte en un fenómeno sin distingo del travesti y, a todos ellos juntos, de los guetos de la anormalidad. A pesar de ello, existen otras propuestas cuyas narrativas trascienden clichés y profundizan en detalles…

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Algunos cambios en Desorbitados

En los últimos meses ha cesado mi actividad en el blog. Ello se debe a algunos cambios que vienen para éste debido a mi actividad artística. Próximamente las publicaciones estarán acompañadas por secciones dedicadas a mis dibujos y mi interacción con las artes plásticas y visuales.

Spoiler:

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Dibujos sobre los cuales hablaré en las próximas entradas.

“La poesía al alcance de los niños”

Hoy, en el día internacional del libro, Desorbitados recuerda y comparte un texto del escritor colombiano Gabriel García Márquez: la poesía al alcance de los niños. Un texto en el que la palabra niño implica no solamente esa etapa de nuestros ciclos vitales, sino cada uno de esos momentos en los cuales, como jóvenes y adultos, nos acercamos y acercamos a otros a la lectura.

Es un texto muy especial, cuya invitación trasciende las recetas y las normas con las cuales algunos presumen erudición interpretativa, en detrimento de la humildad y las variadas formas del aprendizaje relacionado con la literatura.

¡Disfrútenlo!…

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Fotografía por: Hernán Díaz (fotógrafo colombiano)

Por: Gabriel García Márquez 

27 de enero de 1981

Un maestro de literatura le advirtió el año pasado a la hija menor de un gran amigo mío que su examen final versaría sobre Cien años de soledad. La chica se asustó, con toda la razón, no sólo porque no había leído el libro, sino porque estaba pendiente de otras materias más graves. Por fortuna, su padre tiene una formación literaria muy seria y un instinto poético como pocos, y la sometió a una preparación tan intensa que, sin duda, llegó al examen mejor armada que su maestro. Sin embargo, éste le hizo una pregunta imprevista: ¿qué significa la letra al revés en el título de Cien años de soledad? Se refería a la edición de Buenos Aires, cuya portada fue hecha por el pintor Vicente Rojo con una letra invertida, porque así se lo indicó su absoluta y soberana inspiración. La chica, por supuesto, no supo qué contestar. Vicente Rojo me dijo cuando se lo conté que tampoco él lo hubiera sabido.

Ese mismo año, mi hijo Gonzalo tuvo que contestar un cuestionario de literatura elaborado en Londres para un examen de admisión. Una de las preguntas pretendía establecer cuál era el símbolo del gallo en El coronel no tiene quien le escriba. Gonzalo, que conoce muy bien el estilo de su casa, no pudo resistir la tentación de tomarle el pelo a aquel sabio remoto, y contestó: «Es el gallo de los huevos de oro». Más tarde supimos que quien obtuvo la mejor nota fue el alumno que contestó, como se lo había enseñado el maestro, que el gallo del coronel era el símbolo de la fuerza popular reprimida. Cuando lo supe me alegré una vez más de mi buena estrella política, pues el final que yo había pensado para ese libro, y que cambié a última hora, era que el coronel le torciera el pescuezo al gallo e hiciera con él una sopa de protesta.

Desde hace años colecciono estas perlas con que los malos maestros de literatura pervierten a los niños. Conozco uno de muy buena fe para quien la abuela desalmada, gorda y voraz, que explota a la cándida Eréndira para cobrarse una deuda es el símbolo del capitalismo insaciable. Un maestro católico enseñaba que la subida al cielo de Remedios la Bella era una transposición poética de la ascensión en cuerpo y alma de la virgen María. Otro dictó una clase completa sobre Herbert, un personaje de algún cuento mío que le resuelve problemas a todo el mundo y reparte dinero a manos llenas. «Es una hermosa metáfora de Dios», dijo el maestro. Dos críticos de Barcelona me sorprendieron con el descubrimiento de que El otoño del patriarca tenía la misma estructura del tercer concierto de piano de Bela Bartok. Esto me causó una gran alegría por la admiración que le tengo a Bela Bartok, y en especial a ese concierto, pero todavía no he podido entender las analogías de aquellos dos críticos. Un profesor de literatura de la Escuela de Letras de La Habana destinaba muchas horas al análisis de Cien años de soledad y llegaba a la conclusión -halagadora y deprimente al mismo tiempo- de que no ofrecía ninguna solución. Lo cual terminó de convencerme de que la manía interpretativa termina por ser a la larga una nueva forma de ficción que a veces encalla en el disparate.

Debo ser un lector muy ingenuo, porque nunca he pensado que los novelistas quieran decir más de lo que dicen. Cuando Franz Kafka dice que Gregorio Samsa despertó una mañana convertido en un gigantesco insecto, no me parece que eso sea el símbolo de nada, y lo único que me ha intrigado siempre es qué clase de animal pudo haber sido. Creo que hubo en realidad un tiempo en que las alfombras volaban y había genios prisioneros dentro de las botellas. Creo que la burra de Ballam habló -como lo dice la Biblia- y lo único lamentable es que no se hubiera grabado su voz, y creo que Josué derribó las murallas de Jericó con el poder de sus trompetas, y lo único lamentable es que nadie hubiera transcrito su música de demolición. Creo, en fin, que el licenciado Vidriera -de Cervantes- era en realidad de vidrio, como él lo creía en su locura, y creo de veras en la jubilosa verdad de que Gargantúa se orinaba a torrentes sobre las catedrales de París. Más aún: creo que otros prodigios similares siguen ocurriendo, y que si no los vemos es en gran parte porque nos lo impide el racionalismo oscurantista que nos inculcaron los malos profesores de literatura.

Tengo un gran respeto, y sobre todo un gran cariño, por el oficio de maestro, y por eso me duele que ellos también sean víctimas de un sistema de enseñanza que los induce a decir tonterías. Uno de mis seres inolvidables es la maestra que me enseñó a leer a los cinco años. Era una muchacha bella y sabia que no pretendía saber más de lo que podía, y era además tan joven que con el tiempo ha terminado por ser menor que yo. Fue ella quien nos leía en clase los primeros poemas que me pudrieron el seso para siempre. Recuerdo con la misma gratitud al profesor de literatura del bachillerato, un hombre modesto y prudente que nos llevaba por el laberinto de los buenos libros sin interpretaciones rebuscadas. Este método nos permitía a sus alumnos una participación más personal y libre en el prodigio de la poesía. En síntesis, un curso de literatura no debería ser mucho más que una buena guía de lecturas. Cualquier otra pretensión no sirve para nada más que para asustar a los niños. Creo yo, aquí en la trastienda.