¿La inspiración como aventura?: Tres experiencias a través del dibujo y la literatura. Segunda parte.

Publicación por: Fabián Bonilla (FaBo)


En la primera entrada sobre este tema, hablé acerca de la inspiración y de cómo ésta se manifiesta si nos apoyamos de algún estímulo para provocarla. Para acompañar aquella entrada hablé sobre un dibujo que surgió como producto del cuento El ruiseñor y la Rosa.

En esta oportunidad les invito a conocer otra de mis experiencias que, como en la anterior, requirió de un estímulo que progresivamente me llevó a crear un dibujo surrealista en el cual mezclo arte y poesía.

“Arbol adentro”

Para hablar de esta experiencia es indispensable mencionar mi interés por el surrealismo. Buena parte mi proceso creativo se ha visto inspirado por este movimiento. Tanto propuestas literarias como artísticas de éste han llamado mi atención. En el arte destaco las propuestas de: Marc Chagall, Rene Magritte, Remedios Varo y Vladimir Kush. En la literatura: Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco y Octavio Paz.

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De izquierda a derecha las obras pertenecen a: Marc Chagall, Remedios Varo, Vladímir Kush. Collage elaborado por Desorbitados.

A través de estos/as artistas y escritores he visualizado escenas que transfiguran de un orden natural a un universo surreal. Especialmente desde la literatura he conectado con escenas que influenciaron la producción del dibujo que verán a continuación.

De este dibujo tengo que hablar en dos momentos. El primero tiene lugar hace más de 5 años en medio de un juego surrealista (cadáver exquisito) del cual nace un boceto que acompañé con un poema de Octavio Paz.

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Raíz, dibujo por Fabián Bonilla

En aquella época mi relación con el arte era incipiente. No obstante mi exploración con el surrealismo estaba latente y me inquietaba insistentemente.

El segundo momento tiene lugar durante 2017. Este año es fundamental; va a ser el año en el cual me reencuentro con las artes e identifico en éstas la vitalidad para recrearme y compartir mi creatividad con el mundo. Es el año en donde este dibujo titulado Raíz, evolucionó y, el surrealismo contenido en su composición, adquirió fuerza y esa fuerza vino acompañada de mi reafirmación dentro de las artes junto a una conexión especial con la literatura.

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Raíz (2017)
Grafito sobre Durex
35*25 cm
Dibujo inspirado a partir de técnica surrealista: cadáver exquisito

Es clave hablar de esa conexión, porque cuando estaba por publicar este dibujo, quería acompañarlo de algún poema. Busqué en mi lista surrealista, pero no hallaba nada que lograra conectarse completamente con el dibujo, hasta que alguien me compartió la lectura de Árbol Adentro, poema escrito por Octavio Paz:

 

Creció en mi frente un árbol.

Creció hacia dentro.

Sus raíces son venas,

nervios sus ramas,

sus confusos follajes pensamientos.

Tus miradas lo encienden

y sus frutos de sombras

son naranjas de sangre

son granadas de lumbre.

Amanece

en la noche del cuerpo.

Allá adentro, en mi frente,

el árbol habla.

Acércate, ¿Lo oyes?

No había leído este poema con anterioridad. Por sorpresa encontré en él una conexión directa con aquella imagen que surgió en mi mente para convertirse en un dibujo inspirado por el surrealismo. Desde esta experiencia siempre recurro a diversos estímulos; siempre pongo a prueba la inquietud que me lleva a explorar en el cine, la literatura, la fotografía y toda expresión creativa.

¿Qué estímulos utilizas tú para crear? Comparte tu experiencia en los comentarios.

¡nos vemos en tercera y última entrada de esta serie!

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¿La inspiración como aventura?: Tres experiencias a través del dibujo y la literatura. Primer parte

Publicación por: Fabián Bonilla (FaBo) 


Aún se suele creer que el resultado de un dibujo, un poema, un cuento u otra expresión de creatividad, está estrechamente ligado a la idea de una inspiración sobrehumana. Cada uno puede tener ideas distintas de inspiración. Pero, suele pesar más aquella relacionada con algo transferido por algún ente ajeno que, de repente, nos ilumina para crear.

Considerar esta idea como determinante para la creación puede ser un error. Poco o de nada sirve sentarse a esperar la llegada de una luz divina para inspirarse. Personalmente considero la inspiración como una aventura en donde embarcamos a descubrir lo oculto; a escudriñar lugares que nuestros sentidos no han alcanzado.

Una forma de ejemplificar la inspiración como aventura, es Alicia en el País de las Maravillas: ¿Qué sería de este personaje literario si no hubiese ensuciado sus manos para atreverse a explorar el camino del conejo blanco? Una respuesta es que no habría vivenciado todo aquello que implicó enfrentarse a la reina roja, y no hubiese hallado por sí misma la inspiración para resolver los obstáculos que recubren el desarrollo de la historia.

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Ilustración por Rebecca Doutremer

Lo mismo sucede con todo aquello que creamos. No nace de la nada; nace de las ganas, el esfuerzo, la dedicación, la curiosidad. Con todas éstas, han nacido algunas de mis creaciones artísticas y, a partir de  hoy, quiero invitarles a conocer de qué forma me he aventurado a realizar tres dibujos, cuyas experiencias me llevan a creer en la inspiración como una aventura. ¡Vamos a ello!

El agonizante canto del ruiseñor.

Una noche el tedio quiso adueñarse de mi tiempo. Deambulaba por la casa y no hallaba forma alguna de enfrentarlo. Después de un buen rato me recosté sobre la cama, empecé a observar con curiosidad la biblioteca; a recorrer la lista de libros que tengo pendientes por leer. Me decidí por una edición especial que compila algunos cuentos y novelas de Oscar Wilde.

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Transcurría la noche. Pese a hallar entretención con el libro, no lograba hacer frente al tedio. Pero insistí… tras recorrer sus páginas me detuve en la lectura de un cuento que meses atrás alguien me había sugerido: El Ruiseñor y la Rosa. Logré conectarme con esta lectura, cuando una de sus escenas causó impacto y me conmovió:

“(…) Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas, éstas llegaron a su corazón causándole un tormentoso dolor. Cuanto más sufría, más vehemente era su canción, porque cantó sobre el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba.

Y la maravillosa rosa se hizo roja como las rosas del cielo de Bengala, rojo era el color de sus pétalos y, púrpura como el rubí, su corazón”

Tal fue la conmoción: ésta se instaló en mi mente y produjo una gestación con el eco de un momento en donde se reproducía el agonizante canto del ruiseñor; el pálpito de su corazón que teñía de rojo los pétalos de una rosa.

La inquietud de aquel momento me llevó a buscar lápiz y papel. No podía perder la oportunidad de pasar por alto aquello que en mi mente retumbaba; no podía sucumbir a perder aquella escena que me sugería pasar de lector a dibujante; no podía pasar aquella noche sin dejar evidencia de mi confrontación con el aburrimiento; sin permitirme un viaje entre trazos y bocetos que dieron como resultado la petrificación artística de un canto colmado de amor y dolor.

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Dibujo por: Fabián Bonilla
Técnica: Grafito y color sobre papel durex

Sin duda alguna ésta fue una experiencia en donde mi creatividad se puso a prueba. Fue allí en donde me aventuré no sólo a crear, sino a conectar con la creación escrita que nos legó Oscar Wilde.

¿Han tenido experiencias creativas similares? ¿Cómo han sido sus experiencias con la inspiración? ¿Cómo se aventuran a buscarla? ¡Anímense a compartirlas en los comentarios!

¡Nos vemos en la segunda parte!

Invitación

Hoy se conmemora un año más del nacimiento del escritor Edgar Allan Poe. Hace un par de años, desde Desorbitados se le rindió homenaje a través de una visita recreada en como encuentros delatores en una mansión donde habitan personajes del arte, la literatura, la música… que se han visto influenciados por su obra literaria.

Esta tarde les invito a visitar aquella mansión, para recrear su obra junto al material artístico de aquellos personajes.

Puedes ingresar por AQUÍ.

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Ilustración por: Pablo Bernasconi

 

“Una confusión cotidiana”

Hoy en la Ventana Literaria me detengo a observar “una confusión cotidiana”, ¿qué tal si la observan conmigo?. Disfruten de este cuento escrito por Frans Kafka

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“Dudando” – Eernesto Bertani 

Un incidente cotidiano, del que resulta una confusión cotidiana. A tiene que cerrar un negocio con B en H. Se traslada a H para una entrevista preliminar, pone diez minutos en ir y diez en volver, y se jacta en su casa de esa velocidad. Al otro día vuelve a H, esta vez para cerrar el negocio. Como probablemente eso le exigirá muchas horas, A sale muy temprano. Aunque las circunstancias (al menos en opinión de A) son precisamente las de la víspera, tarda diez horas esta vez en llegar a H. Llega al atardecer, rendido. Le comunican que B, inquieto por su demora, ha partido hace poco para el pueblo de A y que deben haberse cruzado en el camino. Le aconsejan que espere. A, sin embargo, impaciente por el negocio, se va inmediatamente y vuelve a su casa.

Esta vez, sin poner mayor atención, hace el viaje en un momento. En su casa le dicen que B llegó muy temprano, inmediatamente después de la salida de A, y que hasta se cruzó con A en el umbral y quiso recordarle el negocio, pero que A le respondió que no tenía tiempo y que debía salir en seguida.

A pesar de esa incomprensible conducta, B entró en la casa a esperar su vuelta. Y ya había preguntado muchas veces si no había regresado aún, pero seguía esperándolo siempre en el cuarto de A. Feliz de hablar con B y de explicarle todo lo sucedido, A corre escaleras arriba. Casi al llegar tropieza, se tuerce un tendón y a punto de perder el sentido, incapaz de gritar, gimiendo en la oscuridad, oye a B -tal vez muy lejos ya, tal vez a su lado- que baja la escalera furioso y que se pierde para siempre.

 

“La poesía al alcance de los niños”

Hoy, en el día internacional del libro, Desorbitados recuerda y comparte un texto del escritor colombiano Gabriel García Márquez: la poesía al alcance de los niños. Un texto en el que la palabra niño implica no solamente esa etapa de nuestros ciclos vitales, sino cada uno de esos momentos en los cuales, como jóvenes y adultos, nos acercamos y acercamos a otros a la lectura.

Es un texto muy especial, cuya invitación trasciende las recetas y las normas con las cuales algunos presumen erudición interpretativa, en detrimento de la humildad y las variadas formas del aprendizaje relacionado con la literatura.

¡Disfrútenlo!…

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Fotografía por: Hernán Díaz (fotógrafo colombiano)

Por: Gabriel García Márquez 

27 de enero de 1981

Un maestro de literatura le advirtió el año pasado a la hija menor de un gran amigo mío que su examen final versaría sobre Cien años de soledad. La chica se asustó, con toda la razón, no sólo porque no había leído el libro, sino porque estaba pendiente de otras materias más graves. Por fortuna, su padre tiene una formación literaria muy seria y un instinto poético como pocos, y la sometió a una preparación tan intensa que, sin duda, llegó al examen mejor armada que su maestro. Sin embargo, éste le hizo una pregunta imprevista: ¿qué significa la letra al revés en el título de Cien años de soledad? Se refería a la edición de Buenos Aires, cuya portada fue hecha por el pintor Vicente Rojo con una letra invertida, porque así se lo indicó su absoluta y soberana inspiración. La chica, por supuesto, no supo qué contestar. Vicente Rojo me dijo cuando se lo conté que tampoco él lo hubiera sabido.

Ese mismo año, mi hijo Gonzalo tuvo que contestar un cuestionario de literatura elaborado en Londres para un examen de admisión. Una de las preguntas pretendía establecer cuál era el símbolo del gallo en El coronel no tiene quien le escriba. Gonzalo, que conoce muy bien el estilo de su casa, no pudo resistir la tentación de tomarle el pelo a aquel sabio remoto, y contestó: «Es el gallo de los huevos de oro». Más tarde supimos que quien obtuvo la mejor nota fue el alumno que contestó, como se lo había enseñado el maestro, que el gallo del coronel era el símbolo de la fuerza popular reprimida. Cuando lo supe me alegré una vez más de mi buena estrella política, pues el final que yo había pensado para ese libro, y que cambié a última hora, era que el coronel le torciera el pescuezo al gallo e hiciera con él una sopa de protesta.

Desde hace años colecciono estas perlas con que los malos maestros de literatura pervierten a los niños. Conozco uno de muy buena fe para quien la abuela desalmada, gorda y voraz, que explota a la cándida Eréndira para cobrarse una deuda es el símbolo del capitalismo insaciable. Un maestro católico enseñaba que la subida al cielo de Remedios la Bella era una transposición poética de la ascensión en cuerpo y alma de la virgen María. Otro dictó una clase completa sobre Herbert, un personaje de algún cuento mío que le resuelve problemas a todo el mundo y reparte dinero a manos llenas. «Es una hermosa metáfora de Dios», dijo el maestro. Dos críticos de Barcelona me sorprendieron con el descubrimiento de que El otoño del patriarca tenía la misma estructura del tercer concierto de piano de Bela Bartok. Esto me causó una gran alegría por la admiración que le tengo a Bela Bartok, y en especial a ese concierto, pero todavía no he podido entender las analogías de aquellos dos críticos. Un profesor de literatura de la Escuela de Letras de La Habana destinaba muchas horas al análisis de Cien años de soledad y llegaba a la conclusión -halagadora y deprimente al mismo tiempo- de que no ofrecía ninguna solución. Lo cual terminó de convencerme de que la manía interpretativa termina por ser a la larga una nueva forma de ficción que a veces encalla en el disparate.

Debo ser un lector muy ingenuo, porque nunca he pensado que los novelistas quieran decir más de lo que dicen. Cuando Franz Kafka dice que Gregorio Samsa despertó una mañana convertido en un gigantesco insecto, no me parece que eso sea el símbolo de nada, y lo único que me ha intrigado siempre es qué clase de animal pudo haber sido. Creo que hubo en realidad un tiempo en que las alfombras volaban y había genios prisioneros dentro de las botellas. Creo que la burra de Ballam habló -como lo dice la Biblia- y lo único lamentable es que no se hubiera grabado su voz, y creo que Josué derribó las murallas de Jericó con el poder de sus trompetas, y lo único lamentable es que nadie hubiera transcrito su música de demolición. Creo, en fin, que el licenciado Vidriera -de Cervantes- era en realidad de vidrio, como él lo creía en su locura, y creo de veras en la jubilosa verdad de que Gargantúa se orinaba a torrentes sobre las catedrales de París. Más aún: creo que otros prodigios similares siguen ocurriendo, y que si no los vemos es en gran parte porque nos lo impide el racionalismo oscurantista que nos inculcaron los malos profesores de literatura.

Tengo un gran respeto, y sobre todo un gran cariño, por el oficio de maestro, y por eso me duele que ellos también sean víctimas de un sistema de enseñanza que los induce a decir tonterías. Uno de mis seres inolvidables es la maestra que me enseñó a leer a los cinco años. Era una muchacha bella y sabia que no pretendía saber más de lo que podía, y era además tan joven que con el tiempo ha terminado por ser menor que yo. Fue ella quien nos leía en clase los primeros poemas que me pudrieron el seso para siempre. Recuerdo con la misma gratitud al profesor de literatura del bachillerato, un hombre modesto y prudente que nos llevaba por el laberinto de los buenos libros sin interpretaciones rebuscadas. Este método nos permitía a sus alumnos una participación más personal y libre en el prodigio de la poesía. En síntesis, un curso de literatura no debería ser mucho más que una buena guía de lecturas. Cualquier otra pretensión no sirve para nada más que para asustar a los niños. Creo yo, aquí en la trastienda.

En el insomnio – Virgilo Piñera

 

El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que enseguida tome una taza de tila y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al medico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre esta muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.

 

Memorias Literarias: Andrés Caicedo

Nota por: Fabián Bonilla


Diversos autores se han destacado en la literatura colombiana; diferentes formas literarias han configurado universos narrativos que nos permiten conocer el país a través de sus lugares, su música, su gente, sus realidades. Entre aquellas formas se halla el legado de Andrés Caicedo, un joven que el 4 de marzo de 1977 (a sus 25 años) decidió acabar con su vida, no sin antes dejar algunas novelas, cuentos y propuestas culturales.

Para Desorbitados es importante hacer eco de este autor y, por ello, hoy reivindica su memoria, sugiriendo a ustedes la lectura del cuento “Maternidad”, una de las canciones que recrean el laberinto musical en su obra “Que viva la música” y el documental “Unos pocos buenos amigos”, para conocer algunos momentos de su vida.

***

MATERNIDAD

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A las vacaciones de quinto de bachillerato salimos con un saldo de muertos.

– Es una verdadera tragedia terminar un año marcado por triunfo –la construcción de un nuevo pabellón deportivo por ejemplo– con la desaparición de seis jóvenes que apenas despuntaban la que sería una brillante carrera.

Se lamentó el padre rector, en el discurso de clausura.

Pepito Torres hizo un viaje repentino a Bogotá (faltó a un examen final) y dicen que vino a pie, devorando cuanto hongo mágico encontró a la vera del camino, y al llegar a Cali comenzó a dar escándalo público por la sexta, lo agarraron dos policías sin avisar a sus papás, lo metieron en la radiopatrulla en donde murió como un perro, dándose contra las rejas, exhalando por boca y narices un polvito negro.

Manolín Camacho y Alfredo Campos, los inseparables, se volaron del colegio y fueron a pasar un viernes de tarde deportiva en el Río Pance, hubo crecida, y a los dos días encontraron sus cuerpos “entrelazados”, pero el periódico no explicaba cómo. Tiempo después un campesino encontraría, entre las raíces de un carbonero a la orilla del río, una botella con un manuscrito de Alfredo, redactado compulsivamente: “Vemos como crece el río. Es increíble. Es como si viniera a cobrar venganza por el pasado esplendoroso que le quitaron las modernas urbanizaciones. Pero ruge. Recobra su poder. La idea se nos ha ocurrido ambos. No seremos víctimas en vano. Mejorarán los tiempos. Cogidos de la mano caminamos hacia el río”.

Yo nunca pensé que las cosas mejorarían así no más. Un mes antes de exámenes finales Diego A. Castro (Castrico) salió con su hermano mayor, Julián, a la Bocana del Océano Pacifico. Les encantaba ese mar de agua, arena, cielo, selva y gentes negras. Ambos habían ganado medallas en intercolegiados, departamentales y nacionales de natación. No fueron a ninguna competencia internacional por el uso de las pepas. Así, podían nadar hasta la línea del horizonte, de allí alcanzar la línea que uno podría divisar si llegara al horizonte, y aún la otra. Pero no esa vez. A las pocas brazadas, Julián le resopló que se sentía muy mal, que se devolvía. Castrico, abstraído en sus movimientos parejos sobre las cresticas de cada ola, le dijo que bueno, y siguió nadando. Al regresar, feliz de su inmensa travesía, lo encontró en la playa, muerto, con el pescuezo inflado. Nadie sabe como regresó Castrico a Cali, pero ya se le había atravesado la existencia. Comenzó a buscarle pelea a todo el mundo, en especial a los más amigos de su hermano. Cargó puñal. Viajaba al campo y allá peleaba con machete y ruana envuelta. Lo encerraron en el manicomio y se voló del manicomio reclamando la presencia de su madre. No era más que ella le tuviera al lado su frasco de pepas y Castrico se quedaba calmado, acariciando las flores, jugando con los gatos. Salía a la Sexta una vez cada dos meses, y yo lo veía parado solo, hablando incoherencias sobre todas las mujeres, sonriendo. En la última pepera salió despavorido a buscar pelea, pero murió antes de que se la dieran: quedó como clavado en el suelo, gritó que se le abría el suelo y cayó muerto. Y van cinco.

El sexto, Manolín Camacho, es el que más me duele: mi compañero de pupitre. Solíamos caminar distraídos en los recreos, hablando de paisajes que nos imaginábamos en tres dimensiones de sólo mirar mapas. Nunca había probado ninguna droga, ni en las fiestas bebía. Sólo un sábado. Vaya a saber uno con quién se metió, quién lo invitó, por qué lo vieron recorriendo calles a la velocidad que iba, con la velocidad que iba, con la mirada desencajada, buscando qué, con la piel llena de huecos, insultando ancianas, pateando carros. Murió solo, en un baño cualquiera, esforzándose por vomitar lo que seguro se había tragado inocentemente ahora le cercenaba el cóccix, la próstata, el cerebelo. Le dieron una mezcla de analgésico para caballos y líquido de freno para aviones.

– Es una lástima, una serie así de muertes sin ningún, sin ningún sentido. Decía el padre rector.

Y yo, agarrado a mi asiento, con una rabia inmensa, sabía qué sentido había. Nos habían escogido como primeras víctimas de la decadencia de todo, pero yo no iba a llevar del bulto. “Haré‚ mi afirmación de vida”, pensaba, y no sonreí ni una sola de las seis veces que me llamaron para recibir diplomas de matemáticas, historia, religión, inglés, geografía y excelencia. Miraba a ese público compuesto por curas, alumnos y padres de familia, y recibía los aplausos con apretón de dientes.“Haré‚ mi afirmación de vida”. “¿Que te pasaba?”, me decían los compañeros, luego. “Como si no te gustara el éxito”, y yo, a todos, silencio, y me negué a ir a la fiesta de fin de curso que organizaba Mauricio Gamboa.

A mi casa llegué en el carro de mis padres, entre sus cuerpos blandos. Ya me habían felicitado por tanto triunfo, y no se habló de más en el camino. Yo no me aburrí, pues llovió y me distraje imaginando que las gotas en el parabrisas eran gente, personitas con hombros y cabezas bien formadas, y venían las plumillas y chas, las barrían dejando minúsculas porciones de la primera gota, irrecuperable para siempre.

Esa noche soñé con un viaje en tren por entre campos de mango y trigo, y una muchacha rubia se me acercaba y nos volvíamos uno solo en la alborozada contemplación de esa feliz naturaleza. Luego el tren se metió a un túnel muy negro y desperté, demorándome en identificar como miedo o gozo el sentimiento con que empezaba ese nuevo día.
Antes de almuerzo me llamó el mismo Mauricio a comunicarme que en la fiesta de anoche una pelada, Patricia Simón, se había pegado la gran desilusionada ante mi ausencia, que era la mejor alumna de quinto del Sagrado Corazón y que quería, que se moría por conocerme. Yo le pregunté que entonces cómo. El me indicó que en otra fiesta, esa misma noche. Yo accedí.

Al llegar, no vi más que caras pálidas, poca amistosidad, puertas cerradas, prevención, horrible humo. Muy poca gente bailaba la música Rock que yo jamás aprendí y que hace medio año ponía frenético a todo el mundo. Me alegró ver que los invitados se recostaban en las paredes y nada más oían, con el ánimo ido. Yo me paré en toda la mitad de la pista para no dar aires de vencido, hasta que del fondo, de bien al fondo de esa casa vino a mí una muchacha vestida de rosado y rubia, y haciendo mágico todo el trayecto hacia mí mientras sonreía. Se presentó: “Patricia Simón”,muy tímida me dio la mano, yo se la apreté exageradamente para intimidarla aún más. “Eres muy inteligente”, fue lo primero que me dijo cuando la conduje al patio, puesto que con el volumen de la música no podía oír sus lánguidas palabras de alabanza y devoción por mis conocimientos del Imperio Romano, de la Cordillera Occidental Colombiana, del Misterio de la Transubstanciación. Se respiraba mejor en ese patio acosado por el color azul de la noche que perdía a cuantos jóvenes más allá de nosotros, acorralando –lo supe– a los que buscaban refugio en esa casa.

Yo me sentí libre de la noche, de su muerte, superior a su extravío. Con mucha cautela le comenté a Patricia mis temores sobre la feroz época, y ella -como si fuera su forma peculiar de explicarme que los compartía- me relató un sueño. Soñó que alguien muy amado le regalaba un pastel de fresas su –bocado predilecto– y al irlo a morder no había fresas sino gillettes, alfileres, etcétera, que se le incrustaron en las encías y le remplazaron los dientes, de tal manera que quedó con alfileres en lugar de dientes. “Extraño”, pensé, mirándola, pues sus dientes eran grandes, muy sanos, de encías duras. Ella alzaba la cabeza para mirar a mí o al cielo. Era pequeña, pero fuerte, de buenas espaldas y caderas, ojos azules y largas cejas. “Buena raza”, pensé, y luego “Edelrasse”, observando que tendría como mínimo cuatro dedos de frente, rosada la piel. Resolví “Le haré un hijo a esta mujer”.

El tiempo pasó en el sentido que quiso nuestro amor. De esa fiesta salimos cogidos de la mano, y empezamos a vernos todos los días, y yo le fui llenando la cabeza con cucarachas como Nietzche y Rousseau, y por miles de argumentos la fui llevando a una conclusión sencilla: que la única manera de salvarnos sería trascendiendo en algo. Un día me salió con que le provocaría escribir versos, pero yo le espanté la idea como si fuera un enjambre de moscas: “La poesía es una profesión decadente”, y ella me creyó. Y le ponía cara de moribundo siempre que la miraba a los ojos, y ella apuesto que pensaba: “Lo que haría para hacerte feliz”, y en los cines me le pegaba mucho o suspiraba cada vez que había un pasaje de maternidad, y ella salía conmovida toda, aún sin decirme nada pero ya pensando en la idea de que la única manera de trascender sería quedando preñada y teniendo un hijo.

Lo que la decidió fue precisamente la muerte de Ignacio Moreira, que tuvo una discusión con sus papás, subió corriendo las escaleras y se dio un tiro en la cabeza. Ella vivía al frente, conocía a Ignacio desde chiquito, oyó el disparo, el chapoteo: estuve, pues, de buenas.

Conseguí que me prestaran la finca de la Carretera al Mar, lugar que yo había escogido para que se diera la concepción. Con nosotros subieron varios amigos, pero casi nunca nos mezclábamos. Los días amanecían oscuros y la niebla bajaba temprano, y ella se llenaba de añoranzas y de melancolías, lo que, curiosamente, no le producía impavidez sino movimiento. Caminábamos horas, acercándonos cada vez más al filo de las montañas. Ella resistía el empinadísimo camino sin una queja.

Mi día vino claro, de visibilidad profunda. Nos levantamos con el sol y empezamos a subir, dispuestos a llegar esta vez hasta la cumbre. Los guayabos y los lecheros viraban en múltiples tonos verdes a cada paso que ganábamos, y los pájaros cantaban “pichajué-pichajué”, y todo eso me llegaba como puro presagio y signo de fertilidad.

Hacia las dos de la tarde salvamos la última pendiente de piedras blancas y tuvimos, repentinísimamente, una enloquecedora visión del mar, a miles y miles de kilómetros. El frío de la montaña y el ardor que se contemplaba allá en el mar la llevó a abrazarme, y yo le respondí mejor que nunca. Descubrí sus senos con valentía, chupé su pelo, rasgué con su sangre el pasto yaraguá, pude sentir como sus complicadas entrañas se abrían para darle paso, cabina y fermento a mi espermatozoide sano y cabezón que daría, con los años, testimonio de mi existencia. No creo que ella gozó.

Nos casamos al escondido, toque muy aristocrático para familias como la suya y la mía. Fuimos el matrimonio más joven de la sociedad caleña y salimos mucho en el periódico y la gente nos miraba y nos hicieron muchas fiestas y nosotros respondíamos a todas con actitud calladita y mayor, reflexionando siempre. Con alegría entramos a sexto de bachillerato, comparando y acariciando nuestros libros de texto. A los pocos meses engordó muchísimo y le vinieron los vómitos, así que no pudo volver al colegio y perdió sexto. Yo solamente falté a clase un día: el día en que después de cuatro horas de terquedad y mucho sufrimiento, dejó salir a mi hijo. Nació en un día lluvioso. No nos pusimos de acuerdo con el nombre, pero prevaleció mi opinión: lo llamé Augusto, que hace pensar en porte distinguido y en conciencia de Victoria, siempre.

Fui toda una celebridad en el colegio, padre a los 16 años. Ella no quiso hacer gimnasia y le quedó una barriga arrugada muy fea, y los senos se le hincharon como brevas y después se le cayeron. Recuerdo madrugadas en las que yo abría el ojo solo para hallarme en la física gloria, despertado por el llanto de Augusto, y volteaba a mirarla a ella, despierta desde hace muchas horas con la mirada perdida en el cielo raso, negándose siempre a contestarme en qué era que pensaba. Yo no insistí. Yo había previsto eso. No cuidó bien a nuestro hijo. No quiso tampoco volver al colegio. Le perdió interés a todo, se pasaba los días sin asearse ni asear la casa, mal sentada en una silla, presa de un vacío que supongo debe ser normal después de que uno ha estado lleno y redondo como una naranja ombligona. Yo no la toqué más. Ella tampoco se hubiera dejado.

Al fin, un día salió de la casa, y se demoró en regresar. Hizo amistades nuevas, jóvenes más viejos que ella, y seguía saliendo. Pero falta no me hacía. Yo cumplía puntualmente con mis deberes escolares. Me levantaba temprano, le daba el tetero al niño, cambiaba pañales, barría, trapeaba. Al volver del colegio me la pasaba horas dejando que Augusto me apretara el dedo índice y contemplándole su pipí, lo único que sacó igualito a mí, porque todo lo demás, ojos, pelo y frente eran de ella.

Cuando regresaba, nunca conversábamos. Se tiraba por ahí, sin dormir, o a oír música. Supe que estaba metiendo droga. Me importó un comino. Conseguí una hipodérmica desechable, con mi amigo Gómez un gramo de la mejor cocaína y una noche la esperé. Llegó muy tarde, cayéndose de la borrachera, bajando de todas las trabas. Yo la recibí, le sobé su cabecita hasta que se quedó dormida en mi pecho. Preparé la cocaína, tomé uno de sus brazos, cuando lo estiré y palpé sus buenas venas abrió los ojos y me miró, perpleja. Yo le sonreí. Creo que le inyecté medio gramo, en empujaditas leves. Ella hizo caras y risitas y yo sentí celos: nunca se portó así con mis orgasmos. Luego se levantó y comenzó a saltar por toda la casa, puso el estéreo a todo volumen y a mí no me importó que despertara a Augusto. Yo reí con ella.

Hace días que no la veo. Se fue a paseo creo que a San Agustín, con una manada de gringos. Espero que no vuelva, que se muera o que reciba allá su merecido. Yo he terminado sexto con todos los honores, leo comics y espero con mi hijo una mejor época.

Andrés Caicedo, 1974

 

UNOS POCOS BUENOS AMIGOS – DOCUMENTAL SOBRE ANDRÉS CAICEDO.