Mario y algunas cuestiones acerca de la sexualidad.


Por: Fabián Bonilla Patiño


Aún es incómodo hablar de sexualidad, éste sigue siendo un tema de bastante polémica y por eso es importante seguir cuestionándolo: ¿por qué genera incomodidad? ¿Por qué es motivo de burlas? ¿Por qué suele reducirse al coito? ¿Por qué se sigue considerando tabú? ¿Por qué sobre éste se establecen privilegios heterosexuales?

No es el propósito de este artículo dar respuesta a las anteriores preguntas. Más bien, es una invitación a que, junto a éstas, revisen las propias; indaguen y reflexionen sobre el tema sin el miedo que implica descubrirse y comprender que la sexualidad empieza a construirse mucho antes del nacimiento y no es reductible a los genitales o la actividad sexual.

Seguramente entre las personas que se embarquen en esta lectura, se encuentran quienes aún viven “escondidas” debido a lo que la familia y la sociedad esperan de ellas, y a la relación que social y culturalmente se ha construido sobre la sexualidad. Por ése y otros motivos surge lo que empiezan a leer. Especialmente porque la persona que lo escribe sigue “escondida”; porque aún no puede expresar pública y tranquilamente lo que es, lo que sexualmente constituye su identidad. Hacerlo por medio de este blog le permite contribuir en superar falsas creencias, ayudarse a sí mismo y otras personas; así como favorecer desde otras dimensiones lo entrañable de este tema.

Para continuar, observen el siguiente cortometraje:

Al igual que Mario -el niño del cortometraje- niños y niñas experimentan con todo aquello que les rodea: con objetos y actividades que los identifican; con personas de su familia, personajes de televisión, de revistas, películas, entre otros. Esta identificación conforma la construcción de la sexualidad en una de sus dimensiones y no está completamente determinada por lo que las personas adultas creen y esperan.

Cuando las personas adultas imponen sus creencias sobre estos procesos de identificación, se empiezan a generar ocultamientos, desconfianza, miedo, resentimiento; entre otros sentimientos de intranquilidad para el niño o niña que los vive. Cuando se dan estas imposiciones los niños buscan esconderse; buscan lugares en los cuales expresar lo que son sin la prevención de ser juzgados, discriminados, violentados y puestos en un paredón público.

Esto supone anotar que la sexualidad comprende aspectos de carácter biológico que inciden en la diferenciación sexual y en el sexo (hombre/mujer/intersexo) que es asignado por las características anatómicas de los genitales. También, comprende aspectos de carácter psicológico que influyen en la orientación sexual (atracción erótico-afectiva hacia personas del mismo sexo o del sexo contrario) y aspectos de carácter sociocultural que influyen en el género (masculino/femenino).

En un contexto hipotético, tenemos el caso de Mario: él nació con pene, por lo tanto le fue asignada la categoría de hombre como sexo. A partir de esta asignación su madre, su padre, entre otras personas con quienes se relaciona, esperan que él se comporte como lo que tradicionalmente se considera propio de un hombre/niño (jugar con carros, tener ademanes fuertes, jugar fútbol, usar pantalón; determinados colores, determinado corte de cabello, tener novia, etc.). Es decir: adecuarse al conjunto de normas y comportamientos considerados “propios” del género masculino.

No obstante, en el trasegar de sus experiencias individuales y colectivas, Mario se ha visto atraído por prácticas contrarios a las que la sociedad espera por su sexo. Esto, sin duda, ha generado dificultades para relacionarse en su entorno escolar y familiar. Entretanto ha provocado un ambiente complejo para él, quien se ve coartado debido a las creencias de quienes las juzgan inadecuadas.

Parte del problema con este asunto, se genera cuando hay desconocimiento sobre estas diferencias conceptuales y la complejidad de la sexualidad más allá del coito y de la genitalidad. El ejemplo de Mario es preciso: como él viven muchos niños y niñas. Por ese motivo es importante profundizar en el tema arguyendo que, sobre los imaginarios comunes acerca de la sexualidad, se desconocen parte importante de las construcciones identitarias que influyen en la salud física y mental; así como en la conformación de familia, relaciones de pareja, relaciones institucionales y/o políticas.

En esa medida, si Mario tiene la oportunidad de crecer en un ambiente donde se comprende profundamente la sexualidad, no se va ver obligado a ocultarse y expresar lo que su búsqueda simboliza a la hora de construir identidad con el sexo, el género y la orientación sexual. Es más… si crece en un ambiente propicio para su sexualidad, va desarrollar significativamente sus habilidades y construir entornos relacionales más saludables.

Thiago

Fotografía por: Thiago Antonucci

Desde luego es trascendental comprender el tema, pues en este caso hipotético, aún no podemos establecer cuál es la orientación sexual de Mario, ya que la identidad con el género no define dicha orientación. En otras palabras: el hecho de que a él le agrade “vestir como niña”, no suscita que le vayan a gustar los niños. Puede pasar que él “vista como mujer”, incluso intervenga su cuerpo quirúrgicamente en la vida adulta, y su orientación sexual se defina por la atracción erótica-afectiva hacia las mujeres[1].

De ahí que sea imprescindible indagar sobre las diferentes categorías desde las cuales se establecen algunas definiciones para comprender la dimensión del tema. Algunas de ellas son:

sexuali

Ficha diseñada para esta nota, a partir de textos de referencia.

Estas categorías -incompletas en esta ficha- no constituyen algo determinante, pues, en algunos casos, hay personas que prefieren no etiquetarse; sin embargo es pertinente resaltarlas por su valor en los estudios acerca de la sexualidad. Ya que, por ejemplo, el hecho de que un hombre sienta atracción erótico-afectiva por otro hombre, no equivale a querer ser y sentirse mujer[2].

Con todo esto invito a aquellas personas que hayan llegado hasta este blog, a indagar sobre el tema antes de crear prejuicios y asumir que sus opiniones son verdaderas. No es capricho que temas como éste, estén siendo agenda de debate para los Estados; tampoco es una imposición que se pretende hacer respecto a la heterosexualidad. Es un tema cuya relevancia conlleva interrogar nuestras relaciones, más allá de juzgar a partir de opiniones fundadas sobre lo desconocido, sobre mitos y odios, como aquellos encontrados en comentarios de páginas en redes sociales cuando aparece una noticia referida a los sectores LGBTIQ[3].

La identidad sexual es mucho más que considerarse heterosexual, bisexual, homosexual, transexual, etc. La identidad sexual integra variados contextos y vivencias. De ahí que sea posible afirmar que quienes viven escondidos no son solamente personas homosexuales[4], sino, por ejemplo, mujeres heterosexuales quienes, por la culpa y otros sentimientos, viven escondidas, sin expresarse, sin vivir libremente lo que son, sencillamente porque la sociedad y la familia esperan de ellas: sumisión, recato, pudor… o, en el caso de hombres heterosexuales: que no lloren, que no sean “afeminados” y que no practiquen “actividades para mujeres”.

Por el momento les dejo con Tomboy (2011) (sugerencia cinematográfica apropiada para las reflexiones sobre el tema)  y con esta frase de Simone De Beauvoir:

“En sí, la homosexualidad está tan limitada como la heterosexualidad: lo ideal sería ser capaz de amar a una mujer o a un hombre, a cualquier ser humano, sin sentir miedo, inhibición u obligación”.

Notas


[1]En Colombia se conoce el caso de Brigitte Baptiste, mujer bióloga quien además de su rol profesional en este país, se ha destacado por reconocer públicamente su ruptura con la idea tradicional de ser hombre. Pueden consultar detalles sobre su biografía en esta entrevista:  http://www.cromos.com.co/personajes/actualidad/articulo-142233-brigitte-baptiste-rompi-el-molde-de-ser-hombre

[2] Este ejemplo aplica para otras identidades, como lo podemos apreciar en la entrevista que se comparte en la nota de pie de página número 1 de este artículo.

[3] Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero, Intersexuales, Queer.

[4] Esto no implica desconocer que lo que se conoce “estar en el closet” supone un hecho cuya emergencia tiene que ver con la hegemonía de un orden heteronormativo. Por lo tanto el uso de “estar escondido” en este artículo no equivale profundamente a “estar en el closet”

 

Textos de referencia


 

  • Historia de la sexualidad I: la voluntad de saber – Michel Foucault
  • La dominación masculina – Pierre Bourdieu
  • Cuerpos que importan, sobre los límites materiales y discursivos del sexo – Judith Butler.
  • La teoría Queer: la de-construcción de las sexualidades periféricas – Carlos Fonseca Hernández y María Luisa Quintero Soto. http://www.revistasociologica.com.mx/pdf/6903.pdf
  • Sexualidad… mucho más que sexo. – Elvia Vargas Truillo (libro disponible en internet)
  • Aniquilar la diferencia. Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgeneristas en el marco del Conflicto Armado Colombiano – Informe del Centro Nacional de Memoria Histórica.

 

Los derechos de esta publicación están protegidos bajo una licencia de Creative Commons:

Mario y algunas cuestiones acerca de la sexualidad

Artículo por: Fabián Bonilla.

Aún es incómodo hablar de sexualidad, éste sigue siendo un tema de bastante polémica y por eso es importante seguir cuestionándolo: ¿por qué genera incomodidad? ¿Por qué es motivo de burlas? ¿Por qué suele reducirse al coito? ¿Por qué se sigue considerando tabú? ¿Por qué sobre éste se establecen privilegios heterosexuales?

No es el propósito de este artículo dar respuesta a estas preguntas. Más bien, es una invitación a que, junto a éstas, revisen las propias; indaguen y reflexionen sobre el tema sin el miedo que implica descubrirse, comprender que la sexualidad empieza a construirse mucho antes del nacimiento y no es reductible a los genitales o la actividad sexual.

Seguramente entre las personas que se embarquen en esta lectura, se encuentran quienes aún viven “escondidas” debido a lo que la familia y la sociedad esperan de ellas y, a la relación que social y culturalmente se ha construido sobre la sexualidad. Por ése y otros motivos surge lo que empiezan a leer. Especialmente porque la persona que lo escribe sigue “escondida”; porque aún no puede expresar pública y tranquilamente lo que es, lo que sexualmente constituye su identidad. Hacerlo por medio de este blog le permite contribuir en superar falsas creencias, ayudarse a sí mismo y otras personas; así como favorecer desde otras dimensiones lo entrañable de este tema.

Para continuar, observen el siguiente cortometraje:

Al igual que Mario -el niño del cortometraje- niños y niñas experimentan con todo aquello que les rodea: con objetos y actividades que los identifican; con personas de su familia, personajes de televisión, de revistas, películas, entre otros. Esta identificación conforma la construcción de la sexualidad en una de sus dimensiones y no está completamente determinada por lo que las personas adultas crean y esperan.

Cuando las personas adultas imponen sus creencias sobre estos procesos de identificación, se empiezan a generar ocultamientos, desconfianza, miedo, resentimiento; entre otros sentimientos de intranquilidad para el niño o niña que los vive. Cuando se dan estas imposiciones tienen que esconderse, buscar lugar en donde expresar lo que son, sin la prevención de ser juzgados,  discriminados, violentados y puestos en un paredón público.

Esto supone anotar que la sexualidad comprende aspectos de carácter biológico que inciden en la diferenciación sexual y en el sexo  (hombre/mujer/intersexo) que es asignado por las características anatómicas de los genitales. Así mismo, comprende aspectos de carácter psicológico que influyen en la orientación sexual (atracción erótico-afectiva hacia personas del mismo sexo o del sexo contrario) y aspectos de carácter sociocultural que influyen en el género (masculino/femenino).

Así pues, en un contexto hipotético, tenemos el caso de Mario: Él nació con pene, por lo tanto le fue asignada la categoría de hombre como sexo. A partir de esta asignación: su madre, su padre, entre otras personas con quienes se relaciona, esperan que él se comporte como lo que tradicionalmente se considera propio de un hombre/niño (jugar con carros, tener ademanes fuertes, jugar fútbol, usar pantalón; determinados colores, determinado corte de cabello, tener novia, etc.). Es decir: adecuarse al conjunto de normas y comportamientos considerados “propios” del género masculino.

No obstante, en el trasegar de sus experiencias individuales y colectivas, Mario se ha visto atraído por prácticas contrarios a las que la sociedad espera por su sexo. Esto, sin duda, ha generado dificultades para relacionarse en su entorno escolar y familiar. Entretanto ha provocado un ambiente complejo para él, quien se ve coartado debido a las creencias de quienes las juzgan inadecuadas.

Parte del problema con este asunto, se genera cuando hay desconocimiento sobre estas diferencias conceptuales y la complejidad de la sexualidad más allá del coito y de la genitalidad. El ejemplo de Mario es preciso: como él viven muchos niños y niñas. Por ese motivo es importante profundizar en el tema arguyendo que, sobre los imaginarios comunes acerca de la sexualidad, se desconocen parte importante de las construcciones identitarias que influyen en la salud física y mental; así como en la conformación de familia, relaciones de pareja, relaciones institucionales y/o políticas.

En esa medida, si Mario tiene la oportunidad de crecer en un ambiente donde se comprende profundamente la sexualidad, no se va ver obligado a ocultarse y expresar lo que su búsqueda simboliza a la hora de construir identidad con el sexo, el género y la orientación sexual. Es más… si crece en un ambiente propicio para su sexualidad, va desarrollar significativamente sus habilidades y construir entornos relacionales más saludables.

Thiago

Fotografias por: Thiago Antonucci

Desde luego es trascendental comprender el tema, pues en este caso hipotético, aún no podemos establecer cuál es la orientación sexual de Mario, ya que la identidad con el género no define dicha orientación. En otras palabras: el hecho de que a él le agrada “vestir como niña”, no suscita que le vayan a gustar los niños. Puede pasar que él “vista como mujer”, incluso intervenga su cuerpo quirúrgicamente en la vida adulta, y su orientación sexual se defina por la atracción erótica-afectiva hacia las mujeres[1].

De ahí que sea imprescindible indagar sobre las diferentes categorías desde las cuales se establecen algunas definiciones para comprender la dimensión del tema. Algunas de ellas son:

sexuali

Ficha diseñada por Desorbitados a partir de textos de referencia.

Estas categorías -incompletas en esta ficha- no constituyen algo determinante, pues, en algunos casos, hay personas que prefieren no etiquetarse; sin embargo es pertinente resaltarlas por su valor en los estudios acerca de la sexualidad. Ya que, por ejemplo, el hecho de que un hombre sienta atracción erótico-afectiva por otro hombre, no equivale a querer ser y sentirse mujer[2]

Con todo esto, invito a todas las personas que han llegado a este blog a informarse antes de crear prejuicios y asumir que sus opiniones son verdaderas. No es casualidad o capricho que temas como éste, estén siendo agenda de debate para los Estados; tampoco es una imposición que se pretende hacer frente a la heterosexualidad. Es un tema cuya relevancia conlleva interrogar nuestras relaciones, más allá de juzgar a partir de opiniones fundadas sobre lo desconocido, sobre mitos y odios, como aquellos encontrados en comentarios de páginas en redes sociales cuando aparece una noticia referida a los sectores LGBTIQ[3].

La identidad sexual es mucho más que considerarse heterosexual, bisexual, homosexual, transexual, etc. La identidad sexual integra variados contextos y vivencias. De ahí que sea posible afirmar que quienes viven escondidos no son solamente personas homosexuales[4], sino, por ejemplo, mujeres heterosexuales quienes, por la culpa y otros sentimientos, viven escondidas; sin expresarse, sin vivir libremente lo que son, sencillamente porque la sociedad y la familia esperan de ellas: sumisión, recato, pudor… o, en el caso de hombres heterosexuales: que no lloren, que no sean “afeminados” y que no practiquen “actividades para mujeres”.

Por el momento les dejo con Tomboy (2011) (sugerencia cinematográfica apropiada para las reflexiones sobre el tema)  y con esta frase de Simone De Beauvoir:

“En sí, la homosexualidad está tan limitada como la heterosexualidad: lo ideal sería ser capaz de amar a una mujer o a un hombre, a cualquier ser humano, sin sentir miedo, inhibición u obligación”.

Notas


[1] En Colombia se conoce el caso de Brigitte Baptiste, mujer bióloga quien además de su rol profesional en este país, se ha destacado por reconocer públicamente su ruptura con la idea tradicional de ser hombre. Pueden consultar detalles sobre su biografía en esta entrevista:  http://www.cromos.com.co/personajes/actualidad/articulo-142233-brigitte-baptiste-rompi-el-molde-de-ser-hombre

[2] Este ejemplo aplica para otras identidades, como lo podemos apreciar en la entrevista que se comparte en la nota de pie de página número 1 de este artículo.

[3] Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero, Intersexuales, Queer.

[4] Esto no implica desconocer que lo que se conoce “estar en el closet” supone un hecho cuya emergencia tiene que ver con la hegemonía de un orden heteronormativo. Por lo tanto el uso de “estar escondido” en este artículo no equivale profundamente a “estar en el closet”

Textos de referencia:

  • Historia de la sexualidad I: la voluntad de saber – Michel Foucault
  • La dominación masculina – Pierre Bourdieu
  • Cuerpos que importan, sobre los límites materiales y discursivos del sexo – Judith Butler.
  • La teoría Queer: la de-construcción de las sexualidades periféricas – Carlos Fonseca Hernández y María Luisa Quintero Soto. http://www.revistasociologica.com.mx/pdf/6903.pdf
  • Sexualidad… mucho más que sexo. – Elvia Vargas Truillo (libro disponible en internet)
  • Aniquilar la diferencia. Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgeneristas en el marco del Conflicto Armado Colombiano – Informe del Centro Nacional de Memoria Histórica.

 

la reproducción y copia total o parcial de este artículo en otro medio, sólo será posible con previa autorización de su autor. 

Hablemos de violencia contra las mujeres.

Por: Desorbitados

La violencia contra las mujeres constituye un hecho sistemático. Nos involucra a todos los seres humanos, quienes hemos estado inmersos en un sistema de relaciones donde el sexo (entendido como la asignación hombre, mujer o intersexo de acuerdo a las características biológicas de los genitales) y el género (conjunto de normas y creencias sobre lo femenino y lo masculino), forman parte de las construcciones que hemos perfilado a propósito de definir nuestras prácticas y la relación de éstas con variadas dinámicas de producción.

Paul Kuczynski

Ilustración por: Paul Kuczynski

No es necesario ir muy lejos para observar que, desde el nacimiento, empezamos a formar parte de diferenciaciones que encasillan nuestras capacidades dependiendo del sexo. De acuerdo con ello, a las mujeres les han sido asignadas actividades relacionadas especialmente con los espacios privados y domésticos; mientras a los hombres han correspondido actividades de carácter público que restringen, entre otros aspectos, el papel de las primeras en la toma de decisiones, y el de los segundos en expresar su sensibilidad.

Ejemplos cercanos a nuestra cotidianidad, se perciben fácilmente cuando vemos en familias e instituciones educativas, que niñas y niños son diferenciados por medio del vestuario, los cuadernos, los accesorios, los colores, los juguetes, hasta en la forma de llevar el cabello, etcétera.

Esto no contempla problema alguno cuando no se generan afectaciones en las construcciones identitarias de los niños o niñas, o cuando no se reproduce desigualdad de derechos y oportunidades. Es decir, cuando la elección de  los elementos anteriormente mencionados forman parte de decisiones de la niñez y no de la imposición de el mundo adulto, basado en las creencias tradicionales sobre las diferencias de acuerdo al sexo.

Para algunas personas estas diferenciaciones representan algo natural; algo intrínsecamente relacionado con lo divino. No obstante, cuando comparamos las prácticas que distinguen a una cultura de otra, encontramos que las formas de construir lo masculino y lo femenino no son naturales ¿Por qué?: Sencillamente porque la idea que tenemos en cierto país de una falda -por ejemplo- no es la misma que tienen en Escocia o, la idea que tiene determinada cultura, o lo que también se conoce como subcultura, sobre el cabello largo y el cabello corto.

Con ello existen innumerables ejemplos que, afortunadamente, cambian conforme comprendemos que cada ser humano decide y construye su identidad a la par de experiencias personales e interpersonales, conjugando así: procesos de carácter biológico, psicológico y sociocultural.

Ahora bien, la relación de estas diferenciaciones con la violencia hacia las mujeres se ve expresada cuando, tanto en espacios públicos como privados, el rol de ellas se ve reducido a la debilidad, la sumisión,  la reproducción, la sujeción y dependencia de un hombre (patrón, padre, esposo, etc.) quien, en muchos casos, actúa de acuerdo a las creencias que entorno a su masculinidad ha adoptado con respecto al trato e interacción con las mujeres.

A partir de todo esto, podemos hablar de un sistema relacional configurado sobre la base de muchas creencias. Especialmente aquellas, por medio de las cuales se han escrito y difundido normas, cuya influencia ha marcado pautas de comportamiento e interacción, al punto de considerar la heterosexualidad un hecho al que todos los seres humanos debemos “suscribrnos”. Un hecho basado en la idea: mujer que recibe órdenes y hombre que las lidera; matrimonios pactados sobre el amor condicionado hasta la muerte; acuerdos de dominación contractuales ejemplificados en el uso de los apellidos, entre un sinfín de patrones apropiados para analizar y comprender por qué hoy se habla de violencia contra las mujeres.

Hasta aquí, es oportuno reconocer y, sobre todo, comprender que al hablar de este tipo de violencia, no se habla de un mero capricho de las mujeres o de algo concerniente sólo a ellas. Ésta, al constituir un hecho sistemático, contempla de qué forma la inferioridad atribuida a ellas -desde la religión y el Estado- ha servido para reproducir un arquetipo de familia, determinadas relaciones escolares, políticas, económicas, culturales en donde se prestan expresiones de violencia física, sexual y psicológica. Ha influido incluso en  hacer creer que la homosexualidad representa una falla biológica relacionada con la debilidad, y es por eso que en diferentes contextos, especialmente con los hombres, al hacer explícita la orientación sexual se les trata como “niñas”, considerando que su “falla biológica” no corresponde al orden de las cosas, y justificanado su discriminación por la supuesta “inferioridad”.

Muchos aspectos conforman el esquema de esta discusión y profundizar en la misma hace parte de nuestras tareas cotidianas. Acá, sólo se han mencionado algunos. Por tal motivo Desorbitados expresa su participación del tema y con ello comparte el cortometraje “el orden de las cosas” con el fin contribuir en las reflexiones y análisis que demandan nuestras relaciones actuales.


Nota: la reproducción y copia total o parcial de este artículo en otro medio, solo será posible con autorización expresa de su autor. Por lo tanto cualquier reproducción no autorizada será denunciada.

Sobre heterosexualidad: artículo sugerido.

Nota y selección por: Desorbitados

Es evidente – por comentarios tanto en redes sociales como en espacios no virtuales- que los temas relacionados con los sectores LGBTI causan polémica al ser blanco de debates desde diferentes creencias políticas, religiosas, ideológicas, etcétera.

Más allá de lo “cansón” que puede parecer el encontrarnos con estos temas últimamente, es importante comprender que su insistencia es coyuntural. Entretanto su carácter histórico representa, en buena medida, la pérdida de legitimidad de una heterosexualidad que durante siglos ha supuesto la normalización de nuestras relaciones bajo arquetipos masculinos y femeninos funcionales, entre otros, a un sistema de producción capitalista – patriarcal.

Por lo tanto, Desorbitados  -aprovechando su encuentro con el artículo “El mito de la heterosexualidad desde una perspectiva queer”- quiere invitarles a indagar, a pensar más este tema en vez de atacarnos tanto. ¿Por qué? Porque nuestras relaciones actuales no van a cambiar sus rumbos guerreristas si no comprendemos que nuestras vidas no son estáticas, por cuanto no las definen únicas formas de pensamiento (ideológicas y religiosas) que tienen orígenes históricos y no constituyen leyes ineludibles de la humanidad.

A continuación el artículo:

El mito de la heterosexualidad desde una perspectiva queer

Autora: Coral Herrera Gómez

Encontrado en:

http://www.mujerpalabra.net/pensamiento/coralherreragomez/elmitodelaheterosexualidad.htm

La heterosexualidad es una construcción social y cultural que se ha instalado en el imaginario colectivo como un fenómeno natural, como si la unión macho-hembra fuese una ley divina o una ley física o matemática. Tanto es así que a las niñas desde pequeñas se las pregunta si tienen novio y a los niños si tienen novia sin apenas darnos cuenta de que preguntando estamos afirmando. Y al afirmar, imponemos una idea sobre lo que es normal, es decir, que a los niños les gusten las niñas, y no los niños.

El concepto de normalidad varía de cultura en cultura, por épocas y zonas geográficas; además, todo lo biológico en nosotros es cultural y viceversa. Por ejemplo en la Antigüa Grecia la homosexualidad era normal, como eran normales las relaciones homoeróticas entre sabios y jóvenes discípulos. En cambio en nuestra cultura actual la pederastia es una desviación, una aberración, una anormalidad penada con años de cárcel.

Piensen de nuevo: ¿Tienes novio ya? Una pregunta así, aunque parezca inocente, inevitablemente dirige el erotismo y los sentimientos de las personas hacia el sexo opuesto. Una pregunta de signo contrario abriría enormemente el abanico de posibilidades afectivas y sexuales de la niña o el niño, pero a la mayor parte de los adultos no se les ocurre porque en su conciencia la heterosexualidad es la norma, está invisibilizada como construcción, integrada en los supuestos de cómo es la vida (o más bien, cómo debería ser). Esos supuestos se aprecian claramente en todos los cuentos heterosexuales que nos han contado de pequeñas; en ellos todas las relaciones eróticas son hacia el sexo opuesto.

Mi posición en torno a la heterosexualidad y la homosexualidad coincide con la concepción de Oscar Guasch (2000) que las considera mitos, en el sentido de que son narraciones creadas artificialmente, y transmitidas mediante libros sagrados. Mitos que explican el mundo desde un punto de vista particular, desde una ideología que al imponerse se convierte en hegemónica, y que modela y construye nuestro deseo y afectos, a la vez que justifica el orden social establecido. En este sentido, la homosexualidad es un cuento dentro de otro cuento, “un mito que explica otro mito. La homosexualidad es un epifenómeno de la heterosexualidad; pero no es posible entender la una sin la otra” (Guasch, 2000).

También nos parece acertada la definición de la heterosexualidad según Elisabeth Badinter (1993), que la considera una institución política, económica, social y simbólica que se impuso como norma obligatoria a finales del siglo XIX: “Se acusa a los sexólogos de haber creado dicha institución, al haber inventado la palabra “heterosexualidad” como el contrapunto positivo de “homosexualidad” y haber impuesto aquella como la única sexualidad normal”.

Para Óscar Guasch (2000), la heterosexualidad, más que una forma de amar, es un estilo de vida que ha sido hegemónico en los últimos 150 años. La heterosexualidad nace asociada al trabajo asalariado y a la sociedad industrial: “Se trata de producir hijos que produzcan hijos. Para las fábricas, para el ejército, para las colonias durante más de un siglo, casarse y tener hijos, que a su vez se casen y los tengan, ha sido la opción considerada natural, normal y lógica”.

Es entonces cuando la pareja estable y reproductora se elige en modelo social a seguir; “por eso a lo largo de la historia solteros y solteras han sido una especie de minusválidos sociales. En ellos se hacían visibles las carencias, los peores temores: vivían (y sobre todo morían) solos, sin hijos”.

Guasch define la heterosexualidad como sexista, misógina, homófoba y adultista. Para él posee cuatro características fundamentales:

  • Defiende el matrimonio o la pareja estable;
  • Es coitocéntrica, genitalista y reproductora;
  • Interpreta la sexualidad femenina en perspectiva masculina y la hace subalterna,
  • Persigue, condena o ignora a quienes se desvían del camino heterosexual.

Los estudiosos que han analizado la homosexualidad desde un punto de vista transcultural constatan un determinado número de constantes. El sociólogo Frederick Whitam, tras haber trabajado durante varios años entre comunidades de países tan distintos como los Estados Unidos, Guatemala, Brasil y Filipinas, sugiere seis conclusiones:

  • Hay personas homosexuales en todas las sociedades.
  • El porcentaje de homosexuales parece ser el mismo en todas las sociedades y permanece estable con el paso del tiempo.
  • Las normas sociales no impiden ni facilitan la aparición de la orientación sexual.
  • En cualquier sociedad mínimamente numerosa aparecen subculturas homosexuales.
  • Los homosexuales de sociedades distintas tienden a parecerse en lo que respecta a su comportamiento y sus intereses.
  • Todas las sociedades producen un continuum similar entre homosexuales muy masculinos y homosexuales muy femeninos.

A partir de estos estudios, Badinter afirma que la homosexualidad es una forma fundamental de la sexualidad humana que se expresa en todas las culturas. La homosexualidad existe en otras especies animales (Foucault, 1976; Kirsch y Weinrich, 1991). Beach y Ford, (1951) constataron que, de hecho, se da en la mayoría de las especies de mamíferos y culturas humanas. Helen Fisher (1992) señala que la homosexualidad es aún mayor en otras especies; es decir, cabría aventurar que lo natural sería que las relaciones homosexuales entre los humanos fueran incluso más frecuentes de lo que son, pero en muchas culturas humanas está reprimido socialmente. La presión evolutiva, según Fisher, no sólo favorece las conductas reproductoras: la homosexualidad podría tener funciones adaptativas como la de estrechar los lazos de la comunidad y/o la de reducirla densidad demográfica en condiciones de hacinamiento.

Tanto los hombres como las mujeres homosexuales, a lo largo de los siglos, han sido excluidos o marginados socialmente, insultados y humillados, perseguidos, encarcelados, torturados, quemados en la hoguera, apedreados hasta la muerte o recluidos en campos de concentración. La homosexualidad ha sido tratada como enfermedad, delito, pecado, vicio, aberración, patología, desviación, y ha sido, a menudo, asociada a la obscenidad, la perversidad y la promiscuidad. Los estereotipos y los modelos negativos han recaído en ellos con una extrema crudeza, y aún hoy en día se sigue condenando y ejecutando o lapidando a gays y lesbianas en multitud de países.

En 1910, Sigmund Freud elabora su teoría de la bisexualidad originaria, en la que afirma que todos los seres “pueden tomar como objeto sexual a personas del mismo sexo o a personas del otro sexo… Reparten su libido ya sea de manera manifiesta, ya sea de forma latente sobre objetos de ambos sexos”. A lo largo de su obra, Freud defiende el carácter natural y no patológico de la homosexualidad, en contra de los sexólogos y sus propios colegas psicoanalistas, y afirma que la heterosexualidad es tan problemática como la homosexualidad. Además, según Freud, todos “en un momento dado la hemos practicado aunque después unos la hayan relegado al inconsciente y otros se defiendan manteniendo una enérgica actitud contraria a ella”).

Tras la II Guerra Mundial el mito de la heterosexualidad empieza a ser cuestionado. Algunos estudios, entre ellos los estudios Comportamiento sexual del hombre (1948) y Comportamiento sexual de la mujer (1953) de Alfred Kinsey, han mostrado que la mayor parte de la población parece ser al menos ligeramente bisexual. La mayoría tiene cierta atracción hacia ambos sexos, aunque se suele preferir uno de ellos. Según las encuestas de Kinsey, sólo el 5%-10% de la población puede ser considerada como exclusivamente heterosexual u homosexual, por lo que el resto (entre un 80% y un 90%) de los hombres y mujeres estudiados eran bisexuales. Sólo un 5% de éstos no tenían ninguna preferencia especial entre hombres y mujeres.

Este informe expuso que existen tendencias homo y heterosexuales en la mayor parte de los seres humanos y que su proporción varía entre una heterosexualidad exclusiva y una homosexualidad exclusiva. El informe Kinsey demostró que si bien tan sólo un 4% de la población masculina era exclusivamente homosexual desde la pubertad, un 37% de hombres y un 19% de mujeres reconocía haber mantenido al menos una experiencia homosexual con orgasmo entre la pubertad y la edad adulta. Un 30% de la población censada había tenido una experiencia homosexual accidental entre los 16 y los 55 años. La encuesta realizada por Shere Hite años más tarde confirmó los trabajos anteriores.

A mediados del siglo XX entran en crisis los modelos clásicos para el control social de la sexualidad, y en los 60 comienza la llamada revolución sexual que quiere liberar al cuerpo de la noción de pecado, de las normas impuestas por el catolicismo y el puritanismo, de las prohibiciones, el sentimiento de culpabilidad, los prejuicios, y las restricciones de la sociedad  para disfrutar del placer.

Un grupo de estadounidenses homosexuales rompieron su silencio obligado “para acabar con una clandestinidad vivida dolorosamente como una patología” (Elisabeth Badinter, 1993). Sustituyeron el término “homosexual” por “gay”, palabra más neutra que designa una cultura especifica y positiva. El principal objetivo del Movimiento Gay fue y es demostrar que la heterosexualidad no es la única fórmula de una sexualidad normal. Las siglas internacionales de este movimiento fueron LGB (Lesbianas, Gays, Bisexuales), que con el tiempo ampliará su campo de acción incluyendo la T de Transexuales (LGBT) y hoy también la Q de Queer (LGBTQ).

El australiano Denis Altman señala cómo en el transcurso de una década, entre 1970 y 1980, tanto en los Estados Unidos como en otros lugares del mundo se asiste a la aparición de una nueva minoría, dotada de cultura propia, de un estilo de vida específico, con su propia expresión política y sus reivindicaciones de legitimidad. La aparición de esta minoría gay ha constituido un considerable impacto en la sociedad global, principalmente porque ha alcanzado mayor grado de visibilidad y mucho poderío económico, y mediático, especialmente en ciudades como San Francisco o en barrios populares como Chueca en Madrid.

Las organizaciones LGBT plantean la diferencia como un orgullo que ha de visibilizarse socialmente y que ha logrado, con el tiempo, institucionalizarse. En los 80, los Estudios Gays se alinearon con los Estudios de Género para plantear la deconstrucción de la heterosexualidad como forma de sexualidad única, dominante y “natural” o “normal”. También se cuestiona la división de los roles sexuales, y se plantea que el género no puede ser pensado como una categoría acabada, sino como procesos, como estados en continua evolución (Oscar Guasch). Así, al igual que los Estudios de Género encontraron que no existe una sola forma de ser mujer u hombre, y que existen multitud de ideologías de la masculinidad y la feminidad, los estudios gays reivindicarán la multipluralidad de las identidades gays.

Se ha debatido mucho, en el seno del análisis de la construcción sociocultural de la identidad, si existe una identidad específicamente homosexual. Para unos es indudable que existe, para otros la homosexualidad constituye un factor más, junto con los de género, clase, raza, educación o religión, que determina la construcción de la identidad. Para autores como Manuel Castells (1998), la homosexualidad y el lesbianismo no pueden definirse como preferencias sexuales; son, fundamentalmente, identidades. “Y de hecho, dos identidades distintas: lesbianas y gays. No vienen dadas, no tienen su origen en cierta forma de determinación biológica. Aunque existe predisposición biológica, la mayor parte de los deseos homosexuales se mezclan con otros impulsos y sentimientos, de tal modo que la conducta real, las fronteras de la interacción social y la identidad personal se construyen cultural, social y políticamente”.

Muchos bisexuales sienten que no encajan ni en la comunidad gay ni en el mundo heterosexual, y como tienden a ser “invisibles” en público (ya que se confunden sin problemas en las sociedades homosexual y heterosexual), algunos de ellos han formado sus propias comunidades, cultura y movimientos políticos, por ejemplo a través del movimiento Queer, que critica la política identitaria gay de los 70 y 80.

Según el nuevo movimiento queer, lo gay y lo lésbico niegan la bisexualidad y reducen el travestismo, el transgenerismo y la transexualidad a la invisibilidad. Los colectivos de personas que no encajan en modelos de belleza, estilos de vida o ideologías políticas critican lo gay y lo lésbico porque excluyen la variedad y la diferencia. No construye igual su identidad un chico joven de Chueca que otro que vive en el campo, ni tienen los mismos problemas las lesbianas ancianas que viven en un pueblo de mentalidad cerrada que las actrices lesbianas y ricas de Hollywood.

Un grupo de militantes bolleras, negras, chicanas, de trans, de maricas seropositivos, pobres, emigrantes, parados, personas intersexuales, van a autodenominarse queer para tomar distancia del término “gay”, que a finales de los 80 representaba solamente una realidad de varones homosexuales, blancos, de clase media o alta, con un proyecto político de integración normalizada en el sistema social y de consumo, y que excluía toda esa diversidad de sexualidades minoritarias articuladas con posiciones de raza, clase, edad, enfermedad, migración, pobreza, etc.

En lugar de tratar de ser igual que todo el mundo (y pretender que “todos” significa blancos, de clase media, conservadores y heterosexuales), la política “queer” implica la demanda del respeto y de la igualdad para cualquier modo de vida que opten por tomar las personas, independientemente de su género, su orientación sexual, su raza, su nivel socioeconómico, su edad o su religión.

Hace mucho tiempo que la heterosexualidad dejó de tener nada que ver con el sexo. Sólo comprendo esta relación homo-het-erótica como una guerra entre especies de diverso rango y jerarquía. Los heterosexuales son la especie dominante siempre: “la democracia es heterosexual”, me digo.

Ricardo Llamas y Francisco Javier Vidarte (2000)

En la actualidad occidental, las leyes que tratan de eliminar la discriminación por cuestiones de orientación sexual están logrando la normalización de la homosexualidad y la transexualidad. En España, por ejemplo, los homosexuales y las lesbianas pueden casarse y adoptar hijos, lo que ha tenido (y está teniendo) profundas consecuencias para las estructuras sociales básicas (principalmente el matrimonio y la familia nuclear tradicional).

Muchos autores señalan que gracias a estas mutaciones de carácter simbólico, económico, político y social, podemos hablar claramente de una crisis del patriarcado (Castells, 1998) y una crisis de la heterosexualidad (Guasch, 2000). Sin embargo, autoras queer como Beatriz Preciado opinan que esta normalización favorece las políticas pro-familia, tales como la reivindicación del derecho al matrimonio, a la adopción y a la transmisión del patrimonio.

Algunas minorías gays, lesbianas, transexuales y transgéneros reaccionan hoy contra ese esencialismo y esa normalización de la identidad homosexual. Para Preciado y otros autores, esa normalización equivaldría a una “heterosexualización de la homosexualidad”, lo que supondría seguir reproduciendo los esquemas tradicionales del patriarcado trasvasados al mundo gay.

Bibliografía

Badinter, Elisabeth: “XY La Identidad Masculina”, Alianza, Madrid, 1993.

Castells, Manuel: “La era de la información. Economía, Sociedad y Cultura”. Volumen I. Volumen II. El poder de la identidad.Alianza Editorial, Madrid, 1998.

Fisher, Helen: “Historia natural del amor: monogamia, divorcio y adulterio”, Anagrama, Barcelona, 2007.

Guasch, Òscar: “La crisis de la heterosexualidad”, Ed. Laertes, Barcelona, 2000.

Llamas, Ricardo, y Vidarte, Francisco Javier: “Homografías”, Espasa Hoy, Espasa Calpe, madrid, 2000.

Preciado, Beatriz: “Manifiesto contra-sexual. Prácticas subversivas de identidad sexual”, Pensamiento-Opera Prima, Madrid, 2002.

Sáez, Javier : “La destrucción de una cultura queer en España”, publicado en http://www.hartza.com Vínculo externo

Torvald, Patterson (2000): “Queer without fear”, traducido por Ricardo Martínez Lacey. En http://www.queerekintza.org/web/pag_cast/articulos/articulos_queer.html Vínculo externo

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