Cuando desperté Augusto Monterroso todavía estaba allí.

Nota Por: Fabián Bonilla 

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Fotografía encontrada en: “Proyecto Aula – Lengua y literatura”

Naturalmente, cuando desperté me percaté de haber dejado una biblioteca virtual abierta y Augusto Monterroso todavía estaba allí. Con su presencia literaria en forma de cuento; con su presencia impregnada por la brevedad a la hora de narrar.

No pude cerrar dicha biblioteca, pues la compañía de Monterroso impulsaba mis ánimos de leer. En medio de la lectura pensaba acerca de lo complejo que resulta para un rebaño fiel a las órdenes de un pastor, eludir la castración de pensar por sí mismo y considerar que para lograr algo no es necesario que todos procedan al mismo tiempo y de la misma forma. No porque resulte imposible ir en contravía de ese rebaño, sino por lo limitante que resulta para cada ser humano conocerse a sí mismo en medio de las normas y las convenciones instauradas en la sociedad.

Monterroso figura en la lista de las excepciones; de las significativas excepciones. Él puede considerarse un caso de autonomía y compromiso cuando de eludir la castración mencionada se trata, pues sus cuentos, y su opinión sobre los mismos, constituyen creaciones propias de quien dedica su vida a descubrirse en medio de limitaciones y extralimitaciones.

¿Qué tal si lo leemos por un rato?… Sólo por un rato, pues no toma mucho tiempo conmoverse con su prodigiosa brevedad:

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Nota: Los siguientes textos son autoría del escritor mencionado. Al respecto, desorbitados sugiere, para su difusión, hacer expresos los créditos correspondientes.

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El paraíso imperfecto.

-Es cierto -dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

Historia fantástica

Contar la historia del día en que el fin del mundo se suspendió por mal tiempo.

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

 

La oveja negra.

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

 

La fe y las montañas

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.

La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.

 

La vida en común

Alguien que a toda hora se queja con amargura de tener que soportar su cruz (esposo, esposa, padre, madre, abuelo, abuela, tío, tía, hermano, hermana, hijo, hija, padrastro, madrastra, hijastro, hijastra, suegro, suegra, yerno, nuera) es a la vez la cruz del otro, que amargamente se queja de tener que sobrellevar a toda hora la cruz (nuera, yerno, suegra, suegro, hijastra, hijastro, madrastra, padrastro, hija, hijo, hermana, hermano, tía, tío, abuela, abuelo, madre, padre, esposa, esposo) que le ha tocado cargar en esta vida, y así, de cada quien según su capacidad y a cada quien según sus necesidades.

 

 Algunas palabras sobre el cuento.

Si a uno le gustan las novelas, escribe novelas; si le gustan los cuentos, uno escribe cuentos. Como a mí me ocurre lo último, escribo cuentos. Pero no tantos: seis en nueve años, ocho en doce. Y así.

Los cuentos que uno escribe no pueden ser muchos. Existen tres, cuatro o cinco temas; algunos dicen que siete. Con ésos debe trabajarse.

Las páginas también tienen que ser sólo unas cuantas, porque pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas.

La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad.

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