Hablemos de violencia contra las mujeres.

Por: Desorbitados

La violencia contra las mujeres constituye un hecho sistemático. Nos involucra a todos los seres humanos, quienes hemos estado inmersos en un sistema de relaciones donde el sexo (entendido como la asignación hombre, mujer o intersexo de acuerdo a las características biológicas de los genitales) y el género (conjunto de normas y creencias sobre lo femenino y lo masculino), forman parte de las construcciones que hemos perfilado a propósito de definir nuestras prácticas y la relación de éstas con variadas dinámicas de producción.

Paul Kuczynski

Ilustración por: Paul Kuczynski

No es necesario ir muy lejos para observar que, desde el nacimiento, empezamos a formar parte de diferenciaciones que encasillan nuestras capacidades dependiendo del sexo. De acuerdo con ello, a las mujeres les han sido asignadas actividades relacionadas especialmente con los espacios privados y domésticos; mientras a los hombres han correspondido actividades de carácter público que restringen, entre otros aspectos, el papel de las primeras en la toma de decisiones, y el de los segundos en expresar su sensibilidad.

Ejemplos cercanos a nuestra cotidianidad, se perciben fácilmente cuando vemos en familias e instituciones educativas, que niñas y niños son diferenciados por medio del vestuario, los cuadernos, los accesorios, los colores, los juguetes, hasta en la forma de llevar el cabello, etcétera.

Esto no contempla problema alguno cuando no se generan afectaciones en las construcciones identitarias de los niños o niñas, o cuando no se reproduce desigualdad de derechos y oportunidades. Es decir, cuando la elección de  los elementos anteriormente mencionados forman parte de decisiones de la niñez y no de la imposición de el mundo adulto, basado en las creencias tradicionales sobre las diferencias de acuerdo al sexo.

Para algunas personas estas diferenciaciones representan algo natural; algo intrínsecamente relacionado con lo divino. No obstante, cuando comparamos las prácticas que distinguen a una cultura de otra, encontramos que las formas de construir lo masculino y lo femenino no son naturales ¿Por qué?: Sencillamente porque la idea que tenemos en cierto país de una falda -por ejemplo- no es la misma que tienen en Escocia o, la idea que tiene determinada cultura, o lo que también se conoce como subcultura, sobre el cabello largo y el cabello corto.

Con ello existen innumerables ejemplos que, afortunadamente, cambian conforme comprendemos que cada ser humano decide y construye su identidad a la par de experiencias personales e interpersonales, conjugando así: procesos de carácter biológico, psicológico y sociocultural.

Ahora bien, la relación de estas diferenciaciones con la violencia hacia las mujeres se ve expresada cuando, tanto en espacios públicos como privados, el rol de ellas se ve reducido a la debilidad, la sumisión,  la reproducción, la sujeción y dependencia de un hombre (patrón, padre, esposo, etc.) quien, en muchos casos, actúa de acuerdo a las creencias que entorno a su masculinidad ha adoptado con respecto al trato e interacción con las mujeres.

A partir de todo esto, podemos hablar de un sistema relacional configurado sobre la base de muchas creencias. Especialmente aquellas, por medio de las cuales se han escrito y difundido normas, cuya influencia ha marcado pautas de comportamiento e interacción, al punto de considerar la heterosexualidad un hecho al que todos los seres humanos debemos “suscribrnos”. Un hecho basado en la idea: mujer que recibe órdenes y hombre que las lidera; matrimonios pactados sobre el amor condicionado hasta la muerte; acuerdos de dominación contractuales ejemplificados en el uso de los apellidos, entre un sinfín de patrones apropiados para analizar y comprender por qué hoy se habla de violencia contra las mujeres.

Hasta aquí, es oportuno reconocer y, sobre todo, comprender que al hablar de este tipo de violencia, no se habla de un mero capricho de las mujeres o de algo concerniente sólo a ellas. Ésta, al constituir un hecho sistemático, contempla de qué forma la inferioridad atribuida a ellas -desde la religión y el Estado- ha servido para reproducir un arquetipo de familia, determinadas relaciones escolares, políticas, económicas, culturales en donde se prestan expresiones de violencia física, sexual y psicológica. Ha influido incluso en  hacer creer que la homosexualidad representa una falla biológica relacionada con la debilidad, y es por eso que en diferentes contextos, especialmente con los hombres, al hacer explícita la orientación sexual se les trata como “niñas”, considerando que su “falla biológica” no corresponde al orden de las cosas, y justificanado su discriminación por la supuesta “inferioridad”.

Muchos aspectos conforman el esquema de esta discusión y profundizar en la misma hace parte de nuestras tareas cotidianas. Acá, sólo se han mencionado algunos. Por tal motivo Desorbitados expresa su participación del tema y con ello comparte el cortometraje “el orden de las cosas” con el fin contribuir en las reflexiones y análisis que demandan nuestras relaciones actuales.


Nota: la reproducción y copia total o parcial de este artículo en otro medio, solo será posible con autorización expresa de su autor. Por lo tanto cualquier reproducción no autorizada será denunciada.

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